Y así es, The Stuff (la sustancia) es una película curiosa, descacharrante y sobretodo que no se toma mucho en serio.
Todo comienza cuando un viejo que va por un lugar abandonado encuentra una especie de burbujeante pozo del que mana una sustancia blanca. El viejo, a pesar de que sustancia esta saliendo del mismo suelo y que no tiene una pinta muy apetecible, ¡se la lleva a la boca! Y lo mejor... ¡Le parece deliciosa!
Corte. Vemos a una típica familia americana wasp y un crío que ve como un pote de sustancia de la nevera (ya comercializada a lo grande) parece cobrar vida y salir del recipiente.
Resulta que dicho potingue no solo está muy bueno, sino que crea una especie de adicción, y lo que es más, la gente nunca tiene bastante. La campaña publicitaria es delirante, tenéis que ver los anuncios de la tele, con bailarines break dance (recordad que eran los 80). La gente está como zombificada con el yogur.
En la familia del principio, el niño empieza a sentirse paranoico respecto a la sustancia. Tiene como visiones de que la sustancia es maléfica, y se niega a comerla. El castigo a dicha afrenta es severísimo. Le ven como un chico raro que no se comporta como la mayoría... Esto apesta a tufillo zombie.
Hay una subtrama en la que un espía industrial de la industria alimentaria intenta descubrir la fórmula, un poco como los de la pepsi con la coca cola, vamos. Dicha subtrama tiene los típicos detalles Cohenianos, con mucha denuncia social y mucha crítica contra el poder. No se como se lo monta pero la caspa y la denuncia acaban funcionando en perfecta simbiosis. Eso sí, no lo intenten en sus casas.
Uno de los tiburones con traje no es ni más ni menos que Danny Aiello, que tiene un chucho ¡al que le da la puñetera sustancia!. Claro, el bicho se pone chungo y le da por mascar un poquito al bueno de Danny. Lo mejor es que se nota mucho que antes de morderle se trata de un muñeco ¡al que le salen espumarajos por la boca! Este Cohen es la monda.
Aunque lo mejor está por venir.
La subtrama sigue la pista de la empresa que tenía un pobre hombre al que le roban la licencia para explotar la sustancia. Dicho tipo se encuentra en un pueblecillo de mala muerte yanki, al que va a buscar el espía. Todo el mundo se ha largado excepto unos cuantos pueblerinos. A uno le dan arcadas por la sustancia, se mete en el lavabo, y ¡la sustancia le sale de la boca y se pone a correr en plan “The blob”!
Y los infiernos se desatan, los lugareños empiezan a perseguir a los protas en plan zombie, y tienen que salir por patas.
Cuando llegan a la civilización, las piezas del puzzle se van completando y empiezan a aparecer casos de disturbios tras la ingestión del yogur de marras.
Una escena realmente inquietante (quizás la única en este festival de caspa) es una en la que el crío ve como toda su familia está comiendo la sustancia, alabando sus propiedades. Ya no comen otra cosa. Obligan al crío a encerrarse y devorarla si “quiere ser otra vez de la familia”. El crío, obviamente, la tira al water. Y como si de un ente se tratara, empieza a rebelarse, negándose a ser tragada.
Finalmente, el crío se escapa, y los padres van en su búsqueda. De la nada, y en el giro más psicotrónico de la peli, en ese mismo momento el espía pasa por allí con el coche y diciéndole “yo también vi a esa cosa moverse”. Y ya está. La lógica Coheniana es así.
Se van en un avión privado ¿? Y llegan al sitio donde manufacturan la sustancia. Dentro del avión echan un poco de yogur y el niño sale por patas. Llega a una mina supuestamente abandonada de donde realmente sacan el yogur maléfico, y como todo crío chafardero, acaba metido en una cisterna de camión.
En esto que el espía y una acompañante pasan del crío y se van a un hotel, donde sufren el ataque imprevisto de un montón de sustancia alocada que se le pega al tipo en la cara. La tienen que quemar para que les deje en paz, y en esas que viene un tipo a zurrarles, pero al pobre tipo ¡le aprisiona un montón de yogur! En la que es para mi la escena más delirante de la peli, se ve claramente como la cámara está boca abajo para que parezca que la masa va ascendiendo por las paredes. Los chorros lo delatan.
Con el hotel en llamas, y pasando de todo, se dedican a perseguir un camión que ¡oh casualidad! pasaba por allí ¿Y cual es? El que lleva al crío dentro, claro. Al seguirlo descubren la fuente de la sustancia. Una especie de lago asqueroso llenito de baba blanca en movimiento“en el centro de la tierra” según palabras del intrépido espía.
Una voz que surge de altavoces anuncia que la sustancia “acabará con el hambre en el mundo y sentará un nuevo poder en la tierra”. Eso si que es una campaña y no la del Danonino.
Pone una bomba en el yogur, se lleva el trailer donde va el crío y se dirige a la ciudad. Los yogur zombies van perdiendo la chaveta y deshaciéndose por culpa del engendro azucarado. Pero eso no es nada, el espía encuentra un grupo de militares rebeldes que odian la sustancia, comandado por un fachorro... ¡Paul Sorvino!
Los militronchos inician una mega ofensiva por medio país y logran sabotear las fábricas de sustancia. En un delirante final, el tipo que tenía la fábrica, viene al cuartel donde están refugiados (una estación de radio) abre la boca e intenta matarlos con la sustancia. La queman, claro. Y no veas si se nota que es un muñecajo...
Finalmente, avisan por radio a la población sobre los efectos nocivos del yogur. Y todos les creen, a pesar de que nadie podía dejar de comerlo. Cosas de la no-lógica.
La gente va quemando anuncios y potes de sustancia, en grandes hogueras. Muy poético, sobretodo los anuncios en llamas. Cohen cuela así una ácida crítica a los medios de comunicación y hace un alegato en contra de la manipulación de masas. ¡Chicos, que hay que darle un poco de lustre a esto, demonios!
En un extraño final, hacen tragar a los tiburones de la empresa alimentaria un montón de sustancia, por malosos. Se supone que mueren, pero al final vemos como en un barrio anónimo, unos tipos descargan de una camioneta potes y potes de la maldita sustancia. Así que empezamos otra vez... o dejamos la puerta abierta a una posible (y nunca realizada) secuela. Una delicia, coman, coman cuanto quieran, que esta película no engorda. Pero recuerden... quizás les produzca adicción...
La frase: Paul Sorvino: “Mis manos están registradas en la policía como armas letales”



















